No es el peor oficio del mundo.

 

 

Acabé el pasado fin de semana con rabia y cabreo; no sólo yo, sino toda la profesión y el propio Consejo General de la Abogacía Española; un artículo escrito en el suplemento del diario El Mundo, donde Hernán Casciari (@Casciari) arremete contra toda la profesión, gratuitamente, porque sí, contra los abogados (curiosamente, dándonos el papel de jueces, que no es el nuestro). 

De su artículo he de decir:

  • Cuando se dice que siempre hay un abogado que miente, ya se está cayendo en demagogia; en Derecho se tiene razón o no se tiene, y cada parte actúa aplicando recursos a su favor, interpretando según deba y pueda para poder convencer y ganar; en no pocas circunstancias se contemplan en nuestro Derecho efectos de mentir, dar falso testimonio o presentar prueba falsa, por lo que no cabe decir más sobre esto.

 

  • Los abogados defendemos a los clientes en juicio, y fuera de él; asesoramos, diseñamos estrategias y actuamos ante una persona o grupo de personas que van a decidir, que son independientes y que tienen esa función única que es la de juzgar; no sé porque dice el artículo ..“si quienes dictan sentencia inapelable son los peores seres humanos de un grupo” pero es grave confundir juez con abogado, y si tanto se habla en el post, se deber(ía) conocer mínimamente la profesión. Por eso los abogados no somos “un tipo que debía decir quién tenía razón” “unos tipos que cobran por mentir” ” que deciden si vamos presos o no” como tampoco son repulsivos per se los jueces que juzgan y hacen ejecutar lo juzgado.  En fin…

 

  • Es curiosa la afirmación de que en un mundo inocente habría tales profesiones nobles como ebanistas, dibujantes y panaderos, y en un mundo de mierda, entre otros, los abogados; no es tan sencillo dividir sin más el mundo y la concepción de la vida según como uno entienda, porque es más complejo que todo eso; el bien y el mal lo tenemos a partes iguales, y las profesiones nacieron para dar salida a necesidades humanas básicas, como defenderse, pedir lo que es justo, lo que uno merece, y asegurar castigo o reparación si uno sufre un daño, de igual manera que la seguridad, la defensa o el gobierno (política); no es efecto del averno que haya abogados, la naturaleza humana es como es.

 

  • Soy el primero en decir que en una buena profesión, como es la abogacía, no todos los que están son dignos de estar; en casi cinco años como abogado, y antes como estudiante, pasante y letrado en prácticas, vi gente que no merece ganarse la vida de según qué formas, ni aprovecharse de los demás para beneficio propio, ni darse ínfulas o aires sólo por vestir traje y llevar toga.  Por eso a la estética se le suma la ética, unas normas deontológicas y unas instituciones que aseguran que el trabajo de los abogados se hace con corrección en defensa de todos los ciudadanos, no sólo de los que más tengan.

 

  • El abogado no defiende mejor a quien mejor pague; más recursos y más profesionalidad en, por ejemplo, derecho de la empresa, es garantía de éxito (si se tiene la razón, sobre todo), pero cada día, en toda España, miles de abogados ganan trabajando por sus clientes en el Turno de Oficio, o cobrando cómo y cuando se pueda de clientes humildes o que pasan por un bache. Es cierto, las cosas se hacen por dinero,  los intereses mueven conciencias y montañas, pero lo que cuenta en abogacía son las miles de razones para hacer algo por los demás en las que el dinero no está implícito, y sí la vida, la libertad o el estado personal de una persona o grupo.

 

Gracias a la abogacía se lograron en este país extremos como la libertad de expresión, la misma en la que se ampara este autor para escribir sus barbaridades en el suplemento de ayer; puede alegarse cuanto se quiera que es un relato de ficción o una narración de cuento, pero el objetivo, los profesionales mencionados y las circunstancias de las que escribe son bien reales, tanto como lo injusto de la vida. Entre sus letras, su vida o sus historias las cosas serán como quiera, pero en el mundo real se es inocente hasta que se demuestra lo contrario; hoy con vos, Hernán, se ha demostrado.

Alberto LLoret.

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